Todos los perros de mi vida


«Para empezar, les diré que aun apreciando mucho a mis padres, mis maridos, mis hijos, mis amantes y mis amigos, ninguno de ellos es capaz de ofrecer el amor con que te obsequia un perro. Como yo también he sido madre, hija, esposa, amante y amiga, sé muy bien cuán tornadizos son los amores humanos. Los perros, en cambio, están libres de esos vaivenes del sentimiento. Cuando un perro te ama, eso es para siempre, hasta su último ladrido. Así es como me gusta ser amada, y por eso hablaré de perros.» 
De esta manera, comienza una especie de autobiografía titulada Todos los perros de mi vida (Editorial Lumen) escrita por Elisabeth von Armin a los 70 años de edad, en el ocaso de su vida. Nacida en Australia (aunque de nacionalidad británica) en la segunda mitad del siglo XIX, von Armin fue a principios del siglo XX,  una  novelista de éxito.
Decía Josep Pla, que cualquiera que lea una novela más allá de los 30 años es un imbécil. Yo siempre estoy de acuerdo con el maestro Pla, por ello, no he leído ni leeré jamás otra cosa de la condesa Armin. 
Aun así, esta autobiografía es lo suficientemente frívola, está tan repleta de banalidades y comentarios intrascendentes, que su lectura está en el límite de lo que a mí me parece una pérdida de tiempo. Pero sería injusto decir que sólo contenga tonterías. En absoluto; también nos deslumbra por momentos con alguna ráfaga de gran inspiración, como cuando manifiesta que sólo el estado de viudedad permite a las mujeres alcanzar su plenitud como seres humanos. Una verdad indiscutible, palmaria.